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"B" de Besos (Abecedario GAY) PDF  | Imprimir |  E-Mail
Por.  Shanggai L. (Publicado con el permiso del autor)
 

Preámbulos, en el mundo gay haberlos, haylos... pero su existencia, como en el caso de las meigas gallegas, es más una cuestión de fe que de constatación empírica. De hecho, mientras más ciegamente creas en ello, más plausible será que llegues a interpretar un empujón, un codazo o un retorcimiento de pezones como una tierna muestra de afecto. Aceptémoslo, la tendencia a evitar cualquier signo de emotividad en el sexo gay es tan notoria como la verticalidad de Benidorm o la ausencia de un estilista en el mundo de Gil y Gil. Con bastante más frecuencia de lo que sería deseable, los homosexuales parecen olvidar que, aunque el ano no se auto lubrica durante el <precalentamiento> como la vagina, Ios preámbulos son igualmente importantes en la relación homosexual. Primero, porque en la penetración anal la relajación puede marcar la diferencia entre un placentero sueño hecho realidad y una interminable pesadilla hecha contracción. Segundo, y mucho más relevante, porque -y esto es algo que creo firmemente - la relación homosexual ni empieza ni acaba en el ano.

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Sea por la premura con la que ancestralmente nos hemos visto obligados a ejecutar nuestros intercambios sexuales, sea por la sencilla razón de que somos hombres y como tales nos han educado en la ausencia de emociones, sea por la naturaleza tortuosa a la que nuestra sexualidad ha sido reducida, la sensualidad, en general, no es una de las virtudes más practicadas entre los homosexuales.

Desde un simple beso hasta un susurro, esos pequeños detalles que transforman un irracional acto reproductor en un grandioso acontecimiento de amor, son temidos entre las hordas de Sodoma con la visceralidad pasmosa de un general prusiano en los Balcanes. A veces es bastante más difícil conseguir un sencillo beso carente de intención (llevarte a la cama) de un homosexual que una tarifa plana de Telefónica. En este sentido, es curioso cuánto llega a divergir la idea que de nosotros tiene en general la sociedad patriarcal -unas hacendosas ratitas presumidas que consumen sus días entre arrumacos, intercambios de recetas de cocina prodigiosamente elaboradas, aleteos de pestañas (postizas, of course!), alicaídos entrecruces de manos y amaneradas lecturas conjuntas de En busca del tiempo perdido de Proust (no, hija, no es una película dirigida por George Lucas)- de la verdadera identidad a la que ellos nos han condenado  esquivos individuos que están a toda costa el compromiso o la identificación, que agotan sus vidas entre exiguos intercambios corporales, incesantes búsquedas de esa perfecta pareja que no existe y vanos intentos de reproducir los mismos esquemas amorosos que nos convirtieron en estigmatizados “déclassés”.

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Lo cierto es que en el mundo gay hay tantos comportamientos como individuos, pero no olvidemos que somos (por mucho que desde el poder intenten negarlo una y otra vez) hombres al fin y pecamos de los mismos errores que nuestros hermanos heterosexuales suelen cometer -¡Señor, yo llamando hermanos a esos!-. No voy a entrar en consideraciones tales como si el cerebro masculino es distinto (que lo es) al femenino o si los homosexuales tenemos por nuestra orientación sexual un cerebro femenino (que no lo tenemos, al menos no por nuestra orientación, o no más que un hombre heterosexual), pero sí quiero dejar bien claro que cuando hablamos de homosexuales, hay que especificar a qué entorno, clase social, país, familia o educación nos referimos para poder establecer los antecedentes que los llevaron a comportarse de tal o tal otro modo. La homosexualidad per se no implica la supresión -o represión- de la emotividad; el sexo, esto es, ser hombres, sí. Los homosexuales somos hombres relacionándonos con hombres; me parece esta explicación más que suficiente a la dificultad que todos tenemos en dejar aflorar la ternura, la empatía, el afecto que por otro lado tan denodadamente buscamos.

Preguntados los protagonistas al respecto, las opiniones serían tan diversas como los tipos de marica – y creedme, hay más tipos de marica que tonos Farmatint en un magacín de tarde o páginas en un libro de Ana María Matute-. Pero existe una realidad sobre la que todos están de acuerdo: aunque el sexo por el sexo no sea la norma y muchos homosexuales puedan enorgullecer se de poseer tan amplio -o mayor- registro de emociones que cualquier mujer, de uno u otro modo todos hemos sido bautizados en los distintos guetos gays – sean estos clubes, parques, urinarios o grupos de apoyo donde lo que prima es lo meramente físico (animo a cualquier marica a mantener una conversación medianamente profunda con Whitney berreando a toda pastilla o mientras una siniestra sombra merodea impasible a tu alrededor con su genitalia al aire), allí hemos buscado nuestra identidad social, allí hemos querido hallar esa voz que nos diga que no estamos solos. Fatalidad del destino, tan pronto nos hemos reunido con otros gays que buscaban su pertenencia, en lugar de expresar honestamente nuestros miedos y dudas, de intentar construir nuestra nueva identidad, acudimos prestos a los mismos esquemas sociales de los que huíamos: el hombre atractivo es el macho triunfador, insensible, con éxito por encima del alma, con autosuficiencia por encima de la autoestima. Pena, penita, pena, todos hemos acabado por mimetizarnos con ese entorno insensible que, hasta que la sociedad no nos permita desarrollar nuestra identidad en otro ámbito, siempre estamos abocados a sufrir. Allí nació el falso macho gay.

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La Gran Falacia -de falaz y falo en femenino- es como llamo yo a este fenómeno por el cual a golpe de encontrarnos personas blindadas a la emotividad todos acabamos por construir una identidad acorazada que realmente no se corresponde con nuestros deseos o necesidades... todos acabamos siendo falsos machos gays: Gays que reproducen los peores tics y hábitos del macho heterosexual (tan falso o más que el gay) temeroso de su feminidad primigenia.

 
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